La Isla del tesoro
La Isla del tesoro El corazón se me salÃa del pecho cuando mi madre y yo emprendimos camino en medio de la frÃa noche para acometer tan peligrosa empresa. La luna llena empezaba a despuntar y su rojizo resplandor asomaba por los flecos superiores de la niebla, lo que hizo que nos apresuráramos aún más, porque era evidente que, antes de que estuviéramos de vuelta, habrÃa tanta luz como si fuera de dÃa y nuestra escapada quedarÃa a la vista de cualquiera que nos estuviera espiando. Nos deslizamos pegados a los setos, con rapidez y sin hacer ruido, y tampoco vimos ni oÃmos nada que aumentase nuestro terror, hasta que por fin llegamos al Almirante Benbow y cerramos la puerta tras de nosotros muy aliviados.
Inmediatamente corrà el cerrojo; nos quedamos en pie y jadeando un momento en plena oscuridad, solos en la casa con el cadáver del capitán. Luego, mi madre fue a buscar una vela al bar y, cogidos de la mano, atravesamos la sala. Allà estaba tendido de espaldas, como lo habÃamos dejado, con los ojos abiertos y un brazo extendido.

—Baja la persiana, Jim —susurró mi madre—, no sea que vengan y nos vean desde fuera. —Y cuando la hube bajado añadió—: Ahora hemos de sacarle la llave, y a ver quién se atreve a tocarlo —dijo, acompañando sus palabras con una especie de sollozo.