La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Me arrodillé inmediatamente. En el suelo, cerca de su mano, había un papelito redondo pintado de negro por una cara. Me di cuenta de que aquello era la marca negra; la recogí y vi que del otro lado estaba escrito con letra buena y clara el siguiente y breve mensaje: «Tienes hasta las diez de esta noche».
—Madre, tenía hasta las diez —dije.
Y en el instante en que estaba pronunciando aquellas palabras, nuestro viejo reloj se puso a dar la hora. Aquel repentino sonido nos sobresaltó terriblemente, pero nos trajo buenas nuevas, pues solo eran las seis.
—Vamos, Jim, la llave —apremió mi madre.
Le palpé los bolsillos, uno tras otro. Todo lo que estos contenían era unas cuantas moneditas, un dedal, un poco de hilo y unas agujas grandes, un cachito de tabaco mordisqueado, su navaja de mango curvo, una brújula de bolsillo y una caja de hojalata, y empecé a desesperarme.
—Tal vez la lleve colgada del cuello —sugirió mi madre.
Venciendo una enorme repugnancia, le desabroché el cuello de la camisa y allí, efectivamente, encontramos la llave, colgada de un trozo de cordel embreado. Aquel hallazgo nos infundió esperanza, y corrimos escaleras arriba sin más tardanza a la pequeña habitación en la que había dormido durante tanto tiempo, y donde tuvo guardado el baúl desde el día en que llegó.