La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Por fuera era igual que cualquier otro baúl de marinero; llevaba la inicial «B.» grabada a fuego en la parte de arriba, y tenÃa las esquinas algo abolladas y rotas de tanto y tan duro uso.
—Dame la llave —ordenó mi madre.
Aunque la cerradura estaba muy dura, consiguió abrirla y levantó la tapa en un santiamén.
Del interior salió un recio olor a tabaco y alquitrán, pero en lo alto no se veÃa más que un excelente traje, cuidadosamente cepillado y doblado. Estaba sin estrenar, según dijo mi madre. Por debajo apareció un revoltillo de objetos: un cuadrante, un cubilete de hojalata, varios trozos de tabaco, un par de magnÃficas pistolas, un lingote de plata, un viejo reloj español y unas cuantas cosillas más de escaso valor, en su mayorÃa de fabricación extranjera, un par de brújulas montadas sobre latón y cinco o seis curiosas conchas de las Antillas. Me he preguntado muchas veces desde entonces por qué habrÃa llevado consigo aquellas conchas en su azarosa y culpable vida fugitiva.