La Isla del tesoro

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Entretanto, no habíamos hallado nada de valor excepto la plata y las baratijas, que no nos eran de ninguna utilidad. Al fondo había un viejo capote marinero, que se había ido blanqueando de sal por las tabernas de muchos puertos. Mi madre lo sacó con impaciencia y ante nosotros apareció, entre los últimos objetos que contenía el baúl, un paquete envuelto en hule con aspecto de contener papeles, y una bolsa de lona de la que, al tocarla, escapó el tintineo del oro.

—Voy a demostrar a esos granujas que soy una mujer honrada —dijo mi madre—. Cogeré lo que se me debe y ni una perra más. Sujeta la bolsa de la señora Crossley.

Y empezó a contar los dineros que le debía el capitán, sacándolos de la bolsa del marinero y echándolos en la que yo sostenía.

Fue una tarea larga y difícil, pues había monedas de todos los países y tamaños: doblones[13], y luises de oro, y guineas, y doblones de a ocho, y qué sé yo qué más, todo ello junto y revuelto. Además, las guineas eran las más escasas, y era solo con estas con las que mi madre sabía echar las cuentas.


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