La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Cuando llevábamos más o menos la mitad contada, de repente puse la mano sobre su brazo, pues había oído en el sordo aire gélido un sonido que me acongojó: el golpeteo del bastón del ciego sobre el camino helado. Cada vez se oía más cerca, pero nosotros nos quedamos allí sentados, conteniendo la respiración. Luego golpeó con fuerza contra la puerta de la posada, y a continuación pudimos oír el giro del pomo y el chirrido del pestillo cuando aquel ser malvado intentó entrar; después hubo un rato largo de silencio tanto dentro como fuera. Al cabo volvió a resonar el golpeteo, que, para nuestra indescriptible alegría y gratitud, se fue desvaneciendo lentamente hasta que dejó de oírse.
—Madre, cógelo todo y vámonos —le dije, convencido de que la puerta cerrada habría levantado la liebre y de que la jauría se nos echaría encima. Sin embargo, quien no haya visto nunca a aquel terrible ciego no puede comprender cuánto me aliviaba el haber echado el cerrojo.
Pero mi madre, a pesar de lo asustada que estaba, no estaba dispuesta a coger ni una perra más de lo que se le debía, ni tampoco a quedarse con menos. Faltaba todavía un buen rato para las siete, me dijo; sabía cuáles eran sus derechos y no pensaba renunciar a ellos. Y estaba todavía discutiendo conmigo cuando se oyó un sofocado silbido a lo lejos, en el cerro. Aquello fue más que suficiente para ambos.