La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —Me llevo lo que ya he contado —dijo, poniéndose en pie de un salto.
—Y yo me llevo esto para cuadrar las cuentas —repliqué yo, cogiendo el envoltorio de hule.
En un santiamén bajamos los dos atropelladamente las escaleras, dejando la vela junto al baúl vacÃo; y en otro abrimos la puerta y salimos huyendo. Menos mal que no perdimos ni un momento. La niebla se estaba disipando y la luna ya brillaba sobre el camino a ambos lados de la posada; y solo al fondo de la cañada y alrededor de la posada seguÃa suspendido un fino velo, que encubrió los primeros pasos de nuestra fuga. A menos de mitad de camino de la aldea, muy poco más allá del pie del cerro, tuvimos que andar bajo la luz de la luna. Y eso no fue todo, pues empezamos a oÃr el sonido de varias pisadas que se acercaban corriendo, y cuando volvimos la vista en su dirección, una luz que se balanceaba pero avanzaba con rapidez nos indicó que uno de los recién llegados llevaba una linterna.
—¡Dios mÃo! —exclamó mi madre de repente—. Coge el dinero y echa a correr. Yo me voy a desmayar.