La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Estaba seguro de que había llegado nuestra última hora. ¡Cuánto maldije la cobardía de los vecinos! ¡Cuánto le reproché a mi pobre madre su honradez y su avaricia, su necia valentía pasada y su debilidad presente! Afortunadamente, habíamos llegado al puentecillo y, aunque ella iba dando tumbos, la ayudé a alcanzar la orilla del río, donde me acuerdo perfectamente que suspiró y se cayó sobre mi hombro. No sé de dónde saqué fuerzas para hacer todo aquello, y me temo que fui un poco brusco. Pero conseguí arrastrarla por la ribera hasta debajo del arco del puente. No podía moverla más, pues el puente era demasiado bajo y la única opción era arrastrarme por debajo; así que allí nos quedamos, mi madre casi enteramente al descubierto y ambos a tiro de piedra de la posada.