La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Entonces Pew se percató de su error, dio media vuelta gritando y corrió derecho hacia la acequia, en la que cayó rodando. Pero al cabo de un segundo ya estaba otra vez en pie y, completamente enloquecido, intentó otra escapada, metiéndose esta vez bajo las patas del primero de los caballos.
El jinete trató de esquivarlo, mas en vano. Pew cayó al suelo con un grito que resonó en la noche, y las cuatro pezuñas lo pisotearon y lo revolcaron y le pasaron por encima. Rodó de lado, luego fue girando lentamente hasta quedar boca abajo y ya no se movió más.

Me puse en pie y llamé a los jinetes que, en cualquier caso, ya se disponían a detenerse, horrorizados por el accidente; enseguida vi quiénes eran. Uno de ellos, el que venía a la cola, era el muchacho de la aldea que había ido en busca del doctor Livesey. Los demás eran agentes de aduana con los que se había encontrado de camino y con los que había tenido la feliz idea de regresar inmediatamente. A oídos del superintendente Dance había llegado alguna noticia del lugre que se encontraba en el agujero del Gato, y por ello se había puesto de camino hacia nuestra aldea aquella noche; a esa circunstancia le debíamos mi madre y yo el habernos librado de la muerte.