La Isla del tesoro

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Los otros, a su vez, insultaron al sinvergüenza del ciego, lo amenazaron con palabras horribles y trataron en vano de agarrar el bastón y arrebatárselo.

Aquella pelea fue nuestra salvación porque, mientras todavía arreciaban los golpes, se oyó otro ruido procedente de lo alto del cerro, por el lado de la aldea: el galopar de unos caballos. Casi al mismo tiempo sonó un pistoletazo, con fogonazo y detonación, procedente del seto. Y aquella fue simplemente la señal definitiva de peligro, pues los bucaneros echaron a correr, dispersándose en todas las direcciones, uno hacia el mar a lo largo de la ensenada, el otro monte arriba, y así sucesivamente, de tal manera que en medio minuto no quedó ni rastro de ninguno de ellos, excepto de Pew. A este lo habían abandonado, no sé si de puro pánico o por vengarse de sus insultos y golpes. Pero el caso es que allí se quedó, golpeando frenéticamente el camino, moviéndose a tientas y llamando a sus camaradas. Finalmente se lanzó en dirección equivocada y pasó corriendo por delante de mí hacia la aldea, gritando:

—¡Johnny, Perro Negro, Dirk —y otros nombres—, no iréis a abandonar al pobre Pew, compadres, al viejo Pew!

En aquel preciso instante se oyó el ruido de los caballos en lo alto del cerro, y cuatro o cinco jinetes aparecieron bajo la luz de la luna, lanzándose a todo galope cuesta abajo.


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