La Isla del tesoro

La Isla del tesoro

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Esta orden produjo al parecer algún efecto, pues dos de los individuos empezaron a buscar por la leñera, aunque a desgana, me pareció, y asustados por el peligro que los acechaba, mientras que los demás se quedaron sin saber qué hacer, en medio del camino.

—¡Tenéis millones al alcance de la mano, estúpidos, y andáis remoloneando! Seríais más ricos que el rey si dierais con ello; sabéis que está aquí y no os movéis. Ni uno de vosotros se atrevió a plantarle cara a Bill, fui yo el que lo hizo…, ¡un ciego! ¡Y ahora voy a perder mi oportunidad por vuestra culpa! ¡Una perra vida, arrastrada, mendigando un vaso de ron, cuando podría ir en carroza! ¡Con que tuvierais las agallas de un mosquito, seríais capaces de atraparlos!

—¡Déjalo ya, Pew; tenemos los doblones! —gruñó uno de ellos.

—Puede que hayan escondido la maldita cosa esa —dijo otro.

—Pew, coge el dinero y no te quedes ahí berreando —añadió otro.

Berrear fue justamente lo que hizo Pew cuando, enfurecido, replicó a todas esas objeciones; y al final perdió completamente el juicio y se puso a dar literalmente palos de ciego a diestra y siniestra, alcanzando a más de uno con el bastón.


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