La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Luego se oyó un gran tiberio por toda nuestra vieja posada, fuertes pisadas de acá para allá, los muebles patas arriba, patadas en las puertas, hasta que las mismísimas peñas devolvieron el eco y los hombres salieron nuevamente al camino y declararon que no nos encontraban por ninguna parte. Justo en aquel momento, el mismo silbido que nos había asustado a mi madre y a mí cuando estábamos contando el dinero del capitán se volvió a oír más claramente en la noche, pero esta vez repetido. Yo había creído que era la corneta del ciego que, como si dijéramos, daba la señal de abordaje a su tropa, pero entonces me di cuenta de que era una señal que bajaba desde el cerro hacia la aldea y, por el efecto que tuvo sobre los bucaneros, era una señal que los advertía de la inminencia de un peligro.
—¡Ese es Dirk de nuevo! —dijo uno—. ¡Y ha sonado dos veces! ¡Tenemos que largarnos, compañeros!
—¡Qué nos vamos a largar, so berzotas! —gritó Pew—. Dirk ha sido siempre un necio y un cobarde. No le hagáis ni caso. Tienen que estar por aquí cerca, no pueden haber ido muy lejos. Hay que echarles el guante. ¡Cada uno por un lado a buscarlos, perros! ¡Maldita sea mi alma! ¡Si yo tuviera ojos!