La Isla del tesoro
La Isla del tesoro —¡Por todos los diablos, Tom Morgan, más te vale que asà sea! Si me entero de que has tenido algo que ver con ese tipo, no vuelves a poner un pie en mi casa, tenlo por seguro. ¿Y qué es lo que te estaba contando?
—No me acuerdo muy bien, señor —respondió Morgan.
—Pero ¿qué es lo que tienes encima de los hombros, la cabeza o una maldita vigota? —exclamó el Largo—. «No me acuerdo muy bien». ¡Conque no, eh! Tal vez tampoco te acuerdes muy bien con quién estabas hablando, ¿no? Vamos, cuenta, ¿de qué estabais cascando? ¿De viajes? ¿De capitanes? ¿De barcos? ¡Desembucha! ¿De qué era?
—Estaba hablando de pasar por debajo de la quilla[17] —contestó Morgan.
—Conque de pasar por debajo de la quilla, ¿eh? Un castigo muy adecuado, puedes estar bien seguro. Vuelve a tu sitio, Tom, so patán.
Entonces, mientras Morgan se arrastraba hasta su sitio, Silver me susurró en tono confidencial, lo cual me hizo sentirme muy importante: