Drácula
Drácula Temà que pudiera resfriarse sentándose ahÃ, y le pedà que viniera y durmiera conmigo, por lo que se metió en la cama y se acostó a mi lado; no se quitó su bata, pues dijo que sólo iba a estar un momento y que luego regresarÃa a su propia cama. Mientras yacÃa ahà en mis brazos, y yo en los de ella, el aleteo y roce volvió a la ventana. Ella se sorprendió, y un poco asustada, preguntó: "¿Qué es eso?" Yo traté de calmarla; finalmente pude hacerlo, y ella yació tranquila; pero yo pude oÃr cómo su pobre y querido corazón todavÃa palpitaba terriblemente. Después de un rato se escuchó un estrépito en la ventana y un montón de pedazos de vidrio cayeron al suelo. La celosÃa de la ventana voló hacia adentro con el viento que entraba, y en la abertura de las vidrieras quebradas apareció la cabeza de un lobo grande y flaco. Mi madre lanzó un grito de miedo y se incorporó rápidamente sentándose sobre la cama, sujetándose nerviosamente de cualquier cosa que pudiera ayudarla. Entre otras cosas se agarró de la guirnalda de flores que el doctor van Helsing insistió en que yo llevara alrededor de mi cuello, y me la arrancó de un tirón. Durante un segundo o dos se mantuvo sentada, señalando al lobo, y repentinamente hubo un extraño y horrible gorgoteo en la garganta; luego se desplomó, como herida por un rayo, y su cabeza me golpeó en la frente, dejándome por unos momentos un tanto aturdida. El cuarto y todo alrededor parecÃa girar. Mantuve mis ojos fijos en la ventana, pero el lobo retiró la cabeza y toda una mirÃada de pequeñas manchas parecieron entrar volando a través de la rota ventana, describiendo espirales y cÃrculos como la columna de polvo que los viajeros describen cuando hay un simún en el desierto. Traté de moverme, pero habÃa una especie de hechizo sobre mÃ, y el pobre cuerpo de mamá que parecÃa ya estarse enfriando, pues su querido corazón habÃa cesado de latir, pesaba sobre mÃ; y por un tiempo no recuerdo más.