Drácula

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No pareció transcurrir mucho rato, sino más bien que fue muy, muy terrible, hasta que pude recobrar nuevamente la conciencia. En algún lugar cercano, una campana doblaba; todos los perros de la vecindad estaban aullando, y en nuestros arbustos, aparentemente muy cercanos, cantaba un ruiseñor. Yo estaba aturdida y embotada de dolor, terror y debilidad, pero el sonido del ruiseñor pareció la voz de mi madre muerta que regresaba para consolarme. Los ruidos parece que también despertaron a las sirvientas, pues pude oír sus pisadas descalzas corriendo fuera de mi puerta. Las llamé y entraron, y cuando vieron lo que había sucedido, y qué era lo que descansaba sobre mí en la cama, dieron gritos. El viento irrumpió a través de la rota ventana y la puerta se cerró de golpe. Levantaron el cuerpo de mi amada madre y la acostaron, cubriéndola con una sábana, sobre la cama, después de que yo me hube levantado. Estaban tan asustadas y nerviosas que les ordené fueran al comedor a tomar cada una un vaso de vino. La puerta se abrió de golpe unos instantes y luego se cerró otra vez. Las sirvientas gritaron horrorizadas, y luego se fueron en grupo compacto al comedor, y yo puse las flores que había tenido alrededor de mi cuello sobre el pecho de mi querida madre. Cuando ya estaban allí recordé lo que me había dicho el doctor van Helsing, pero no quise retirarlas, y, además, alguna de las sirvientas podría sentarse conmigo ahora. Me sorprendió que las criadas no regresaran. Las llamé, pero no obtuve respuesta, por lo que bajé al comedor a buscarlas.


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