Drácula
Drácula En el corredor abrió la puerta del comedor y entramos en él, cerrando cuidadosamente la puerta. Las persianas habÃan quedado abiertas, pero las celosÃas ya estaban bajadas, con esa obediencia a la etiqueta de la muerte que la mujer británica de las clases inferiores siempre observa con rigidez. Por lo tanto, el cuarto estaba bastante oscuro. Sin embargo, habÃa suficiente luz para nuestros propósitos. La seriedad de van Helsing se mitigaba un tanto por una mirada de perplejidad. Evidentemente estaba torturando su cerebro acerca de algo, por lo que yo esperé unos instantes, al cabo de los cuales dijo:
—¿Qué vamos a hacer ahora? ¿A quién podemos recurrir? Debemos hacer otra transfusión de sangre, y eso con prontitud, o la vida de esa pobre muchacha no va a durar una hora. Usted ya está agotado; yo estoy agotado también. Yo temo confiar en esas mujeres, aun cuando tuviesen el valor de someterse. ¿Qué debemos hacer por alguien que desee abrir sus venas por ella?
—Bien, entonces, ¿qué pasa conmigo?
La voz llegó desde el sofá al otro lado del cuarto, y sus tonos llevaron aliento y alegrÃa a mi corazón, pues eran los de Quincey Morris. Van Helsing lo miró enojado al primer sonido, pero su rostro se suavizó y una mirada alegre le asomó por los ojos cuando yo grité: "¡Quincey Morris!", y corrà hacia él con los brazos extendidos.