Drácula

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El cuidadoso profesor lo había colocado otra vez en su sitio, para evitar que al despertarse ella pudiera sentirse alarmada. Sus ojos se dirigieron a van Helsing y a mí y se alegraron. Entonces miró alrededor del cuarto y, viendo donde se encontraba, tembló; dio un grito agudo y puso sus pobres y delgadas manos sobre su pálido rostro. Ambos entendimos lo que significaba (se había dado plena cuenta de la muerte de su madre), por lo que tratamos de consolarla. No cabe la menor duda de que nuestra conmiseración la tranquilizó un poco, pero de todas maneras siguió muy desalentada y se quedó sollozando silenciosa y débilmente durante largo tiempo. Le dijimos que cualquiera de nosotros dos, o ambos, permaneceríamos con ella todo el tiempo, y eso pareció consolarla un poco. Hacia el atardecer cayó en una especie de aturdimiento. Entonces ocurrió algo muy extraño. Mientras todavía dormía sacó el papel de su pecho y lo rompió en dos pedazos. Van Helsing se adelantó y le quitó los pedazos de las manos.

De todas maneras, ella siguió con la intención de romper, como si todavía tuviese el material en los dedos; finalmente levantó las manos y las abrió, como si esparciera los fragmentos. Van Helsing pareció sorprendido y sus cejas se unieron como si pensara, pero no dijo nada.


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