Drácula

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Como no podía fumar, tomó un puñado bastante voluminoso de tabaco y comenzó a masticarlo. En cuanto a van Helsing, estaba ocupado en algo específico. Sacó de su maletín un objeto que parecía ser un bizcocho semejante a una oblea y que estaba envuelto cuidadosamente en una servilleta blanca; a continuación, saco un buen puñado de una sustancia blancuzca, como masa o pasta. Partió la oblea, desmenuzándola cuidadosamente, y lo revolvió todo con la masa que tenía en las manos. A continuación, cortó estrechas tiras del producto y se dio a la tarea de colocar en todas las grietas y aberturas que separaban la puerta de la pared de la cripta. Me sentí un tanto confuso y, puesto que me encontraba cerca de él, le pregunté qué estaba haciendo. Arthur y Quincey se acercaron también, movidos por la curiosidad. El profesor respondió:

—Estoy cerrando la tumba, para que la "muerta viva" no pueda entrar.

—¿Va a impedirlo esa sustancia que ha puesto usted ahí?

—Así es.

—¿Qué está usted utilizando?

Esa vez, fue Arthur quien hizo la pregunta.

Con cierta reverencia, van Helsing levantó el ala de su sombrero y respondió:

—La Hostia. La traje de Ámsterdam. Tengo autorización para emplearla aquí.


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