Drácula
Drácula La señora Harker entró en la habitación con una gracia natural que hubiera hecho que fuera respetada inmediatamente por cualquier lunático… , ya que la desenvoltura y la gracia son las cualidades que más respetan los locos. Se dirigió hacia él, sonriendo agradablemente, y le tendió la mano.
—Buenas tardes, señor Renfield —le dijo—. Como usted puede ver, lo conozco. El doctor Seward me ha hablado de usted.
El alienado no respondió enseguida, sino que la examinó con el ceño fruncido.
Su expresión cambió, su rostro reflejó el asombro y, luego, la duda; luego, con profunda sorpresa de mi parte, le oà decir:
—No es usted la mujer con la que el doctor deseaba casarse, ¿verdad? No puede usted serlo, puesto que está muerta.
La señora Harker sonrió dulcemente, al tiempo que respondÃa:
—¡Oh, no! Tengo ya un esposo, con el que estoy casada desde mucho antes de conocer siquiera al doctor Seward. Soy la señora Harker.
—Entonces, ¿qué está usted haciendo aqu�
—Mi esposo y yo hemos venido a visitar al doctor Seward.
—Entonces no se quede.