Drácula
Drácula Dormà sólo unas cuantas horas al ir a la cama, y sintiendo que no podÃa dormir más, me levanté. Colgué mi espejo de afeitar en la ventana y apenas estaba comenzando a afeitarme. De pronto, sentà una mano sobre mi hombro, y escuché la voz del conde diciéndome: "Buenos dÃas." Me sobresaltó, pues me maravilló que no lo hubiera visto, ya que la imagen del espejo cubrÃa la totalidad del cuarto detrás de mÃ. Debido al sobresalto me corté ligeramente, pero de momento no lo noté. Habiendo contestado al saludo del conde, me volvà al espejo para ver cómo me habÃa equivocado. Esta vez no podÃa haber ningún error, pues el hombre estaba cerca de mà y yo podÃa verlo por sobre mi hombro ¡pero no habÃa ninguna imagen de él en el espejo! Todo el cuarto detrás de mà estaba reflejado, pero no habÃa en él señal de ningún hombre, a excepción de mà mismo. Esto era sorprendente, y, sumado a la gran cantidad de cosas raras que ya habÃan sucedido, comenzó a incrementar ese vago sentimiento de inquietud que siempre tengo cuando el conde está cerca. Pero en ese instante vi que la herida habÃa sangrado ligeramente y que un hilillo de sangre bajaba por mi mentón. Deposité la navaja de afeitar, y al hacerlo me di media vuelta buscando un emplasto adhesivo. Cuando el conde vio mi cara, sus ojos relumbraron con una especie de furia demonÃaca, y repentinamente se lanzó sobre mi garganta. Yo retrocedà y su mano tocó la cadena del rosario que sostenÃa el crucifijo. Hizo un cambio instantáneo en él, pues la furia le pasó tan rápidamente que apenas podÃa yo creer que jamás la hubiera sentido.