El Huésped de Drácula
El Huésped de Drácula Luego miró de nuevo su reloj, y, manteniendo firmemente las riendas, pues los caballos seguÃan manoteando inquietos y agitando sus cabezas, subió al pescante como si hubiera llegado el momento de proseguir nuestro viaje.
Me sentÃa un tanto obstinado y no subà inmediatamente al carruaje.
—Hábleme del lugar al que lleva este camino —le dije, y señalé hacia abajo.
Se persignó de nuevo y murmuró una plegaria antes de responderme:
—Es maldito.
—¿Qué es lo que es maldito? —inquirÃ.
—El pueblo.
—Entonces, ¿hay un pueblo?
—No, no. Nadie vive allá desde cientos de años.
Me devoraba la curiosidad:
—Pero dijo que habÃa un pueblo.
—HabÃa.
—¿Y qué pasa ahora?