La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —¿Y cómo fue que lo descubrió a esas horas de la noche?
—Lo desconozco, señor; nadie me ha hablado de los detalles.
Eso fue todo lo que dijo el lacayo. Hice detener el coche por un instante y dejé que ocupase su puesto fuera de la cabina. Una vez a solas, comencé a reflexionar. HabÃa muchas preguntas que deberÃa haberle hecho a aquel hombre, y por unos segundos me sentà irritado conmigo mismo por haber dejado pasar la ocasión. Sin embargo, enseguida decidà que serÃa mejor enterarme de los pormenores por boca de la señorita Trelawny que por uno de sus sirvientes.
Rápidamente seguimos nuestro camino a lo largo de Knightsbridge; las ruedas de nuestro coche resonaban en el aire de la mañana. Luego giramos en Kensington Palace Road, y por fin nos detuvimos delante de una gran mansión situada a mano izquierda, más cerca, según observé, de Notting Hill que del final de la avenida. Se trataba de un edificio magnÃfico, no sólo por sus dimensiones, sino por su concepción arquitectónica. Y aun a la luz grisácea del amanecer, que suele hacer que las cosas parezcan más pequeñas de lo que son, se veÃa enorme.