La Joya de las siete estrellas

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La señorita Trelawny me recibió en el vestíbulo. No distinguí en ella rasgo alguno de timidez. Al parecer, ejercía su autoridad sobre quienes la rodeaban merced a su fuerte personalidad y a su exquisita educación, lo cual era más notable debido a que estaba muy pálida y agitada. En el vestíbulo había varios sirvientes. Los hombres se habían agrupado cerca de la puerta y las mujeres ocupaban los rincones más alejados. Un comisario de policía acababa de mantener una charla con la señorita Trelawny y cerca de él había dos agentes de uniforme y uno de paisano. Cuando ella me dio impulsivamente la mano, una mirada de alivio apareció en sus ojos, y dejó escapar un suspiro de satisfacción.

—Ya sabía yo que vendría —dijo a modo de saludo.

El modo en que alguien da la mano puede ser muy significativo, aunque con él no se quiera expresar nada en particular. La mano de la señorita Trelawny pareció perderse en la mía, no porque fuese pequeña —aunque era delgada y flexible, de dedos largos y delicados, y poseedora de una extraña belleza—, sino porque reflejaba una sumisión inconsciente. Y aunque por el momento no conseguía adivinar el motivo del sentimiento de emoción que se apoderó de mí, más tarde lo comprendí.

Ella se volvió hacia el comisario y dijo:

—Le presento al señor Malcolm Ross.


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