La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Ya lo conozco, señorita —contestó amablemente el comisario—. Recuerde que tuve el honor de trabajar con él en el caso de los monederos falsos de Brixton.
Como toda mi atención estaba centrada en la señorita Trelawny, al principio no lo reconocÃ.
—¡Por supuesto, comisario Dolan! —exclamé al fin—. Lo recuerdo muy bien.
Nos estrechamos la mano, lo cual, al parecer, alegró a la señorita Trelawny. Observé en ella cierto desasosiego; instintivamente, sentà que deseaba de manera imperiosa hablar a solas conmigo. De modo que dije al comisario:
—Tal vez sea mejor que hable unos minutos con la señorita Trelawny. Usted, por supuesto, ya estará al corriente de todo lo sucedido. Creo que entenderé mejor los pormenores del caso si le hago unas cuantas preguntas a la señorita. Después hablaré con usted, comisario.
—Por supuesto —contestó el policÃa con tono cordial.
Seguà a la señorita Trelawny hasta una salita que daba al vestÃbulo y al jardÃn de la parte posterior de la casa. Una vez que hubimos entrado, ella cerró la puerta y dijo: