La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Me sentà entusiasmado y, a la vez, preocupado. Pero dominó la idea de que aquella mujer se hallaba en problemas y solicitaba mi ayuda. De modo, pues, que habÃa existido un motivo para que soñase con ella.
Llamé al lacayo y le dije:
—Aguarde; en un minuto estaré con usted.
Subà corriendo por las escaleras. Me lavé y me vestÃ, y al cabo de unos minutos recorrÃamos las calles todo lo deprisa que permitÃan el tráfico y las ordenanzas municipales. Yo habÃa pedido al lacayo que se sentara a mi lado en la cabina, pues querÃa que durante el trayecto me pusiese al corriente de lo sucedido. Él accedió, no sin cierto azoramiento, y comenzó a hablar.
—La señorita Trelawny, señor, envió un sirviente solicitándonos que dispusiéramos de inmediato un coche. Más tarde vino ella en persona para entregarme la carta y pedirle al viejo Morgan, el cochero, que se diera prisa. Me pidió que no perdiese un segundo y que no dejase de llamar a la puerta hasta que abriesen.
—Lo sé, lo sé; eso ya me lo dijo. Lo que deseo saber es por qué me ha hecho llamar. ¿Qué ha ocurrido en la casa?
—Lo ignoro, señor. Todo lo que sé es que hallaron al amo en su habitación, sin sentido, con una herida en la cabeza y las sábanas ensangrentadas. Si la señorita Trelawny no lo hubiera descubierto, lo más probable es que hubiese muerto.