La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Bien, sargento, pues supongamos que se trata de una persona —dije.
—Estábamos hablando de «alguien», señor.
—¡Bien, pues alguien!
—¿No le ha llamado la atención, señor, el que tras cada una de las agresiones de que fue objeto el señor Trelawny, consumadas o frustradas, hubiera una persona que fuese la primera en acudir y en pedir ayuda?
—Veamos. Según creo, quien pidió socorro la primera vez fue la señorita Trelawny. Cuando se cometió la segunda agresión, yo estaba dormido, y lo mismo cabe decir de la enfermera, la señorita Kennedy. Cuando desperté, la habitación estaba llena de gente, usted incluido. Tengo entendido que, también entonces, la señorita Trelawny acudió antes que usted. Y, en la última ocasión, yo me encontraba en el dormitorio cuando la señorita Trelawny se desmayó. La saqué de la estancia y regresé a ésta. De modo que, después de cometido el ataque, fui el primero en entrar, y si mal no recuerdo usted me seguÃa de cerca.
—En las tres ocasiones, la señorita Trelawny estaba presente o fue la primera en acudir al dormitorio —dijo el sargento, tras reflexionar brevemente—. Y sólo en la última el señor Trelawny no sufrió daño alguno.
Como abogado, yo no podÃa por menos que admitir el valor de aquella deducción.