La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Diga lo que tiene que decir, por favor —lo urgÃ.
—Me he concentrado tanto en este caso, que ha habido momentos en que me daba vueltas la cabeza, créame. Y lo peor es que todavÃa no he logrado imaginar siquiera una solución, por disparatada que fuese. Ahora bien, tenga usted en cuenta que en cada una de las agresiones sufridas por el señor Trelawny, nadie ha entrado en la casa y, al parecer, nadie ha salido de ella. ¿Qué infiere usted de eso?
—Pues que el agresor, sea persona o cosa —respondà con una sonrisa—, ya estaba en la casa.
—Eso mismo es lo que creo —replicó Daw, y dejó escapar un suspiro de alivio—. Muy bien. Y, ¿quién podrÃa ser ese alguien?
—He dicho alguien o algo —objeté.
—Supongamos, señor Ross, que se trata de «alguien». Ese gato, aun cuando lo consideramos muy capaz de arañar o morder, nunca podrÃa sacar al pobre caballero de la cama ni intentar quitarle la pulsera a que está sujeta la llave. Cosas asà sólo aparecen en las novelas policÃacas, en las que el detective sabe todo antes de que ocurra y los hechos concuerdan de modo exacto con sus teorÃas. Pero en Scotland Yard, donde no todo el mundo es tonto, opinamos que, cuando se comete un crimen o se intenta cometerlo, el autor o los autores no son cosas sino personas.