La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Por supuesto. Siempre y cuando ello redunde en beneficio de la señorita Trelawny, o de su padre. Estoy seguro de que tanto usted como yo deseamos ayudarlos en todo lo que nos sea posible.
—Como es natural, señor Ross, he de cumplir con mi deber, y creo que me conoce usted lo bastante bien para saber que lo haré sin vacilar. Soy policÃa, detective, de hecho, y mi obligación consiste en descubrir los entresijos de cualquier caso que me encarguen, sin miedo ni predilección por nadie. Sólo me debo a Scotland Yard.
—Todo eso ya lo sé —contesté maquinalmente—. Puede hablarme con entera franqueza; le aseguro que guardaré una reserva absoluta.
—Muchas gracias, señor. No me cabe duda de que esta conversación no llegará a oÃdos de nadie, ni siquiera de la señorita Trelawny, o de su padre, cuando se reponga.
—Si ésa es su condición, no me queda más remedio que aceptarla —dije sin poder evitar cierto tono áspero.
Daw advirtió mi contrariedad, y se disculpó.
—Tendrá que perdonarme, señor, pero al hablar con usted de este asunto en cierto modo falto a mi deber. Sin embargo, sé que es un caballero en quien se puede confiar. Y no me refiero a su palabra, señor, pues eso está fuera de toda duda, sino a su discreción.