La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Una princesa. Aquella idea me pareció de lo más apropiada, y de pronto recordé la primera vez que la habÃa visto, en ocasión del baile ofrecido en Belgrave Square. ¡Qué estupenda figura! Alta y delgada, balanceándose como una flor de loto. Su vestido era negro, salpicado de lentejuelas doradas, y en la cabeza llevaba una diadema egipcia, una joya de cristal y lapislázuli. En torno a la muñeca lucÃa un brazalete de diseño antiguo, que representaba unas alas hechas en oro cuyas plumas eran gemas multicolores. Cuando fuimos presentados, experimenté cierto temor. Pero más tarde, durante la expedición al rÃo, advertà que era una mujer dulce y encantadora, y mis sentimientos hacia ella cambiaron poco a poco.
Al cabo de un rato, la señorita Trelawny hizo llamar a los criados que seguÃan fieles a la casa. Consideré que serÃa mejor que los recibiese a solas, de modo que salà de la estancia. Cuando regresé, vi que habÃa lágrimas en los ojos de la joven.
Aquella misma tarde tuve una entrevista mucho más desagradable. Yo me encontraba en el estudio, cuando se presentó el sargento Daw. Entró, cerró la puerta y, tras mirar alrededor para cerciorarse de que estábamos solos, se acercó a mÃ.
—¿Qué sucede? —pregunté—. Por lo que veo, desea hablarme en privado.
—Asà es, señor. ¿Me permite que sea franco?