La Joya de las siete estrellas

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—Como sabe, señorita —añadió—, cuando a un criado se le mete una idea absurda en la cabeza, no hay quien puede quitársela, sobre todo si se trata de alguna clase de superstición. No paran de cuchichear, durante todo el día, y le aseguro a usted que las mujeres son mucho peores que los hombres.

Sin mostrarse ansiosa ni indignada, la señorita Trelawny contestó:

—Creo, señora Grant, que lo mejor será que nos arreglemos con quienes han resuelto quedarse. Mientras mi padre siga enfermo no recibiremos visitas, de modo que en la casa sólo habrá tres personas a quienes atender. Y si vemos que no son suficientes, sólo emplearemos a los que hagan falta. Y tenga en cuenta que todos aquellos a quienes contrate recibirán el mismo sueldo que los que se queden. Y usted, señora Grant, aunque no la considero parte de la servidumbre, también recibirá doble salario.

El ama de llaves, confusa y agradecida, tomó las manos de Margaret entre las suyas y las besó. El que una mujer mayor hiciera aquello con una más joven era emocionante. Yo no podía dejar de admirar la magnanimidad de la señorita Trelawny para con sus criados.

—¡Esta casa es un palacio, señorita —exclamó la señora Grant—, y usted una princesa!


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