La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Apenas el doctor Winchester entró en la estancia Silvio empezó a maullar y a resistirse. Saltó de los brazos del médico y corrió hacia la momia del gato, que comenzó a arañar furiosamente. La señorita Trelawny lo sacó de la habitación, no sin dificultad, y en cuanto estuvo fuera el animal volvió a tranquilizarse. Al regresar la joven a nuestro lado, el doctor Winchester exclamó:
—¡Ya me lo figuraba!
—¿Qué podrá significar? —preguntó la señorita Trelawny.
—Es un caso ciertamente extraño —intervino el señor Corbeck.
—Sí, lo es; pero no prueba nada —dijo Daw.
Yo consideré oportuno no dar mi opinión. Luego, convinimos en que sería mejor dejar aquel asunto para mejor ocasión.
Por la tarde me hallaba en mi cuarto tomando unas notas de lo ocurrido, cuando oí que llamaban a la puerta. Dije a quien fuese que entrara y al instante apareció el sargento Daw.
—¿Qué lo trae por aquí, sargento? —pregunté.
—Deseo hablar con usted acerca de esas lámparas, señor. ¿Sabía usted que la habitación en que fueron encontradas comunica con el dormitorio que anoche ocupó la señorita Trelawny?