La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —SÃ, lo sabÃa.
—Pues anoche alguien abrió y cerró una ventana en esa parte de la casa. Lo oà y fui a investigar, pero no descubrà nada.
—Tiene usted razón —contesté—. Yo también me di cuenta.
—¿Y no le parece muy raro todo eso?
—En realidad, más que raro es para volverse loco. Nunca he vivido nada igual. Es tan extraño que uno teme lo que vaya a ocurrir a continuación. Pero ¿qué quiere usted decir?
—Como comprenderá, yo no creo en magia y cosas por el estilo. Para mÃ, sólo los hechos cuentan, y en todos los casos en que he intervenido, al final siempre habÃa una razón y una causa para todo. Ese caballero afirma que las lámparas le fueron robadas, y según me ha parecido entender, pertenecen al señor Trelawny. Anoche, la hija de éste no durmió en la habitación que suele ocupar sino en otra de la planta baja. Tanto usted como yo oÃmos que alguien abrÃa y cerraba una ventana. Y cuando nosotros intentábamos encontrar una pista del robo, descubrimos que las lámparas sustraÃdas se hallaban en una habitación que comunica con aquella que la señorita usó para dormir.