La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Esas palabras son muy duras, señor Ross, pero comprenda que debo seguir el camino que me señala la razón. Es probable que exista otro interesado, aparte de la señorita Trelawny. En realidad, si no hubiera sido por el otro asunto que me obligó a reflexionar y a abrigar dudas sobre ella, no se me habría ocurrido siquiera sospechar que pudiese estar complicada en este otro. En cuanto al señor Corbeck, mi certeza es absoluta. Resulta del todo imposible que le hayan quitado las lámparas sin su anuencia, en el caso de que sea cierto lo que afirma. Y si no es así…, en fin, de un modo u otro creo que miente. Y aunque no me parece bien que permanezca en esta casa, rodeado de tantos objetos valiosos, me alegro, porque de esa manera tengo la oportunidad de vigilarlo de cerca. Y le aseguro que no le quitaré el ojo de encima. Ahora está en mi habitación, guardando esas lámparas; pero Johnny Wright, mi compañero, también se encuentra allí. Lo relevaré antes de que se marche, así que no será fácil que se produzca otro robo en la casa. Desde luego, señor Ross, todo lo que acabo de decirle ha de quedar entre usted y yo.
—Naturalmente. Puede usted contar con mi silencio —contesté.
Él abandonó la habitación, dispuesto a seguirle los pasos al egiptólogo.