La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Todas mis experiencias preocupantes parecían producirse a pares, pues poco después se presentó el doctor Winchester, que ya había visitado al paciente y se disponía a regresar a su casa. Lo invité a tomar asiento y de inmediato empezó a decir:
—Estamos ante un asunto verdaderamente asombroso. La señorita Trelawny acaba de comunicarme el robo de las lámparas y su posterior hallazgo en el armario que perteneciera a Napoleón. Según parece, el misterio se complica, pero aun así este hecho me ha alegrado. He revisado minuciosamente todas las posibilidades humanas y naturales del caso y empiezo a creer en algunas circunstancias sobrehumanas o sobrenaturales. Aquí ocurren cosas tan extrañas que, si no me equivoco, pronto encontraremos la solución. Tal vez sería conveniente que interrogase al respecto al señor Corbeck. Puesto que posee vastos conocimientos sobre la cultura egipcia y todo lo relacionado con ella, imagino que no tendrá inconveniente en traducir unos jeroglíficos. Para él será muy fácil. ¿Qué le parece, señor Ross?
Antes de contestar, reflexioné por un instante. Todos queríamos ayudar a resolver aquel enigma. Por mi parte, tenía una confianza total tanto en el doctor Winchester como en el señor Corbeck, y el que cooperaran mutuamente me pareció una buena idea. En cualquier caso, las cosas difícilmente podían complicarse más.