La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Yo, en su lugar, se lo pedirÃa —dije al fin—. Parece un hombre extraordinariamente entendido en egiptologÃa; además, lo considero entusiasta y muy buena persona. Pero permÃtame aconsejarle que no le transmita a nadie lo que él pueda decirle.
—¡Por supuesto! —exclamó—. No era mi intención decir nada a nadie, exceptuándolo a usted, claro. Recuerde que cuando el señor Trelawny recobre el conocimiento no le gustará saber que nos hemos inmiscuido en sus asuntos.
—¿Por qué no se queda usted un rato? —le propuse—. Si le parece bien, le pediré al señor Corbeck que venga a fumar una pipa con nosotros. De ese modo podremos hablar.
El doctor estuvo de acuerdo, y salà en busca del señor Corbeck. Mientras nos dirigÃamos hacia mi habitación, me dijo:
—No me gusta nada dejar las lámparas aquÃ, sin otra guardia que la de esos hombres. ¡Son demasiado valiosas para confiarlas al cuidado de la policÃa!
Evidentemente, el sargento Daw no era el único en tener sospechas.