La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Al inclinarme sobre el cadáver, abrí sin reparar en ello la mano derecha, y la piedra preciosa fue a caer dentro de la boca del muerto. Mirabile dictu! De su boca surgió un gran chorro de sangre que cubrió por completo la gema. Contemplé aquel cuerpo inerte y observé que había caído sobre su mano doblada, en la que empuñaba un cuchillo de enormes dimensiones, sumamente afilado, como los que suelen utilizar los árabes. Tal vez se disponía a asesinarme en el momento en que la venganza, procediese ésta de un hombre, de Dios o de los dioses antiguos, cayó sobre él. Sólo diré que al recobrar mi piedra preciosa, a la que la sangre hacía brillar como si de una estrella se tratase, no pensé en nada más y, sin pérdida de tiempo, me marché por piernas de allí. Viajé solo a través del ardiente desierto hasta que, por la gracia de Dios, encontré una tribu árabe que acampaba junto a un pozo de agua, y me proporcionó sal. Permanecí con aquellas gentes hasta que emprendieron nuevamente su camino.
Desconozco qué sucedió con la mano de la momia o con quienes se habían apoderado de ella, así como qué infortunios cayeron sobre ellos, pero algo debió de ocurrirles, al igual que a todos aquellos que la habían tenido en su poder. Ahora es probable que alguna tribu del desierto la utilice como poderoso amuleto.