La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Dije aquello porque deseaba ocultarle lo que había estado leyendo, a fin de no despertar su curiosidad. Me alejé, pero no hacia la biblioteca, sino hacia mi habitación, donde guardé el libro con la intención de seguir leyéndolo una vez que hubiera dormido algunas horas. Al regresar al dormitorio del paciente, encontré a la señorita Kennedy a punto de marcharse para acostarse. Margaret continuó la guardia conmigo. Permanecimos sentados el uno al lado del otro, charlando en voz baja. El tiempo transcurrió rápidamente, y sorprendido observé que la luz que se filtraba a través de las cortinas cambiaba del gris al amarillo. Nuestra conversación no había estado relacionada con el enfermo. Pero, desde luego, tampoco hablamos de Egipto ni de nada relacionado con el tema, como momias, tumbas, jeques o muertos. En la claridad del amanecer, tomé buena nota de que la mano de Margaret Trelawny no tenía siete dedos sino cinco, ya que reposaba en la mía.