La Joya de las siete estrellas

La Joya de las siete estrellas

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»El señor Trelawny y yo cogimos antorchas y cuerdas, volvimos a subir y penetramos en el sepulcro. Pronto se nos hizo evidente que durante nuestra ausencia alguien había estado allí, porque la losa de piedra que protegía la entrada se encontraba en el suelo y de la cima de la roca colgaba una cuerda. Dentro, vimos otra cuerda suspendida en el borde del pozo por el que se accedía al pasadizo. El señor Trelawny y yo nos miramos sin pronunciar palabra; a continuación, él descendió en primer lugar, valiéndose de la soga que habíamos llevado. Lo seguí de inmediato. Cuando nos reunimos al pie del pozo, se me ocurrió que tal vez hubiésemos caído en una trampa, pues alguien podía cortar la cuerda, dejándonos atrapados para siempre en aquel lugar. Era una idea escalofriante, pero ya no existía modo de remediarlo. En consecuencia, guardé silencio. Llevábamos antorchas, de modo que contábamos con luz suficiente para entrar en la cámara donde había estado el sarcófago. Lo primero que vimos fue que estaba completamente vacía. El hueco que había dejado el sarcófago en el suelo hacía aún más marcado el aspecto de desolación. También faltaban los jarros de alabastro y, de las mesas que contenían los objetos, la comida para uso del muerto y las figuras ushaptiu. En medio de aquella estancia yacía la vendada figura de la momia. A su lado, en una postura extraña, contorsionados como quien ha sufrido una muerte violenta, vimos a tres de los árabes que habían desertado de nuestro grupo. Sus rostros estaban negros, y sus manos y cuellos sucios a causa de la sangre que había brotado de sus bocas, narices y oídos.


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