La Joya de las siete estrellas

La Joya de las siete estrellas

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»La exploración del lugar nos había llevado tres días enteros, que literalmente desaparecieron de nuestra vida mientras permanecimos maravillados en aquella cámara mortuoria. ¿Era, pues, de extrañar que tuviésemos ciertos temores supersticiosos con respecto al cadáver de la reina Tera y todo cuanto a ella pertenecía?

»De El Cairo fuimos a Alejandría, donde debíamos abordar un barco de la Messagerie con rumbo a Marsella. Desde allí, cogeríamos el expreso a Londres. Pero como ha escrito el poeta: “Los mejores planes de los hombres y de los ratones se frustran a veces”. En Alejandría, un cable esperaba a Trelawny informándole de que su esposa había fallecido al dar a luz a una niña.

»El apenado viudo partió de inmediato en el Expreso de Oriente, y yo tuve que encargarme de llevar, sin compañía de nadie, los tesoros a una casa desolada. Llegué a Londres sin novedad, pues la buena fortuna pareció acompañarnos en el viaje. Cuando me presenté en la casa de mi amigo, el funeral había tenido lugar hacía ya mucho tiempo. La niña fue confiada al cuidado de una nodriza y el señor Trelawny consiguió dominar su pena hasta el punto de reanudar su vida y su trabajo. Pese a todo, aquella muerte le había causado un inmenso dolor, como lo demostraban las canas que cubrían sus sienes y el gesto aún más severo de sus facciones. A partir del momento en que recibió el cable en Alejandría, nunca más volví a verlo sonreír.


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