La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas »En tales casos, lo mejor es refugiarse en el trabajo, y eso fue lo que hizo. La extraña tragedia de su pérdida y ganancia, ya que la niña había nacido con la muerte de la madre, ocurrió precisamente mientras nosotros caíamos en aquel estado de trance dentro del pozo de la momia. De un modo u otro todo parecía relacionado con los estudios de egiptología del señor Trelawny y, especialmente, con los misterios referentes a la reina. Me habló muy poco de su hija, pero era evidente que en su alma pugnaban dos sentimientos contrapuestos. Por un lado, idolatraba a la niña, pero, por otro, jamás podría olvidar que su nacimiento había supuesto la muerte de su propia esposa. Había también otra cosa que llenaba de dolor el corazón de aquel padre, aunque nunca quiso decirme de qué se trataba. Sin embargo, una vez, en un momento de descuido, me dijo: “Se parece muy poco a su madre, pero tanto en sus facciones como en el color de su tez guarda una semejanza asombrosa con las imágenes de la reina Tera”. Añadió que la había confiado a unas personas capaces de darle los cuidados que él no podría dedicarle, y que hasta que fuese una mujer adulta sólo gozaría de los placeres sencillos propios de una muchacha. Cada vez que yo quería hablar de ella, el señor Trelawny se encerraba en un mutismo absoluto. En cierta ocasión me advirtió: “Existen razones de peso para que no hable de mi hija más de lo necesario. Algún día sabrá usted el motivo, y entonces lo comprenderá todo”. Respeté su reticencia y, salvo preguntar por ella al regresar de algún viaje, nunca volví a mencionarla. Hasta que la conocí en presencia de usted, señor Ross, nunca la había visto.