La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas »Cuando los tesoros que sacamos de la tumba estuvieron aquí, el señor Trelawny tomó sus disposiciones. Colocó la momia, a excepción de la mano cortada, en el gran sarcófago que hay en el vestíbulo. El féretro había sido labrado por el sumo sacerdote tebano Uni, y, como usted habrá observado, está cubierto de inscripciones en las que se hacen maravillosas invocaciones a los antiguos dioses de Egipto. Los demás objetos hallados en la tumba los guardó en su propia habitación. Entre ellos, y por razones que él debía de conocer, incluyó la mano de la momia. Creo que la considera el más preciado de sus tesoros, a excepción, tal vez, del rubí tallado al que él llama la Joya de las Siete Estrellas; lo guarda en esa caja de caudales, cerrado y protegido por varios mecanismos, como ya ha comprobado usted.
»Es posible, señor Ross, que este relato le parezca aburrido, pero para que comprendiera usted la situación actual era imprescindible que se lo contase.
»Mucho después de que yo trajera la momia de la reina Tera, el señor Trelawny volvió a hablar conmigo del asunto. Regresó varias veces a Egipto, algunas en mi compañía y otras solo. Yo también había realizado varios viajes, por mi propia cuenta o por indicación de mi amigo, pero en todo ese tiempo, es decir, durante cerca de dieciséis años, jamás volvió a mencionar el caso a menos que lo exigiesen las circunstancias.