La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas El señor Trelawny me escuchaba dando muestras de un dominio sobre sí mismo que, considerando las circunstancias, me pareció sorprendente. Esto no suponía, en modo alguno, impasibilidad por su parte, ya que de vez en cuando, según advertí, sus ojos brillaban y los dedos de su mano sana se crispaban sobre la sábana. Esto fue aún más notorio cuando le hablé del regreso del señor Corbeck y del hallazgo de las lámparas en el armario. A medida que yo le refería lo ocurrido él pronunciaba unas pocas palabras por lo bajo, dirigidas a sí mismo, de manera inconsciente. El aspecto misterioso de todo aquel asunto, que tan en ascuas nos tenía a todos, parecía carecer de importancia para él. Cuando le conté que Daw había disparado, soltó un «¡Estúpido!», y miró hacia la vitrina que había resultado dañada. Al decirle lo mucho que sufría su hija a causa del estado en que él se encontraba, el amor y la devoción de que había dado pruebas, pareció muy conmovido, y susurró: «¡Margaret! ¡Margaret!».
En cuanto hube terminado mi narración, que interrumpí al referirme al momento en que la señorita Trelawny salió a dar un paseo (me cuidé muy bien de no nombrarla por su nombre de pila), mi interlocutor permaneció en silencio por espacio de dos o tres minutos, aunque a mí me pareció una eternidad. Al cabo, se volvió hacia mí y, con tono taxativo, exigió:
—Ahora, hábleme de usted.