La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Me di cuenta —prosegu× de que era una muchacha acostumbrada a estar sola. La comprendà muy bien, pues en mi juventud yo también habÃa sido un chico solitario. Traté de animarla a que se sincerase conmigo, que fue lo que, felizmente, ocurrió. Se estableció entre ambos una especie de relación de confianza. —El modo en que el señor Trelawny me miró hizo que aclarase de inmediato—: Nada impropio o incorrecto, desde luego. Ella sólo me dijo, del modo impulsivo caracterÃstico de alguien que desea dar rienda suelta a pensamientos reprimidos durante largo tiempo, que aspiraba a vivir más cerca de su amado padre, a ganarse su simpatÃa y su franqueza. ¡Créame, señor, que ésa es la naturaleza de sus deseos! ¡Cualquier padre querrÃa algo asà de parte de sus hijos! ¡Qué muestra tan conmovedora de lealtad filial! Tal vez se sinceró conmigo de aquel modo porque yo era un extraño y no la ataba a mà ninguna clase de compromiso.
Hice una pausa. Me costaba proseguir, y por un instante temà haber hecho un flaco favor a Margaret. La pregunta que a continuación hizo el señor Trelawny me tranquilizó:
—¿Y respecto a usted?