La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Tiene usted una hija dulce y hermosa, señor. Es joven, y su mente tan transparente como un cristal. También simpática y alegre. No soy un hombre tan mayor, y no estoy comprometido afectivamente. Al menos hasta ahora, que tanto lo deseo.
Bajé la mirada involuntariamente. Volví a levantarla al instante. El señor Trelawny tenía los ojos fijos en mí. De pronto, sonrió, me tendió una mano y dijo:
—Malcolm Ross, siempre he oído hablar bien de usted y me han dicho que es un hombre de honor. Me alegra que mi hija cuente con su amistad. Ahora, por favor, prosiga.
Me sentí enormemente feliz. El primer paso para ganarme el afecto del padre de Margaret había sido dado con éxito. Sin poder disimular mi alegría, añadí: