La Joya de las siete estrellas

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—Una cosa ganamos con los años, y es saber obrar prudentemente. En ese aspecto tengo mucha experiencia, pues me ha sido de gran utilidad en mi trabajo. En este caso se justificaba aún más, si cabe. Le aseguré a la señorita Trelawny que podía contar conmigo y le rogué que me permitiera ayudarla en cuanta ocasión se presentase. Me prometió que así lo haría, aunque entonces yo no tenía la menor idea de que fuese a ocurrir tan pronto y en tales circunstancias. Pero lo cierto es que aquella misma noche fue usted atacado, y en su desconsuelo y preocupación la señorita Trelawny me mandó a buscar. —Hice una pausa y agregué—: En cuanto encontró la carta con las instrucciones que usted había dejado, le ofrecí mis servicios, que, como usted bien sabe, aceptó de inmediato.

—¿Y cómo ha pasado usted estos días?

Aquella pregunta me sobresaltó; había en ella algo del tono y las maneras de Margaret, los mismos que me hacían vacilar en presencia de ésta, pero, sobreponiéndome, respondí.

—Estos días, señor, pese a la ansiedad que nos consumía y al dolor que embargaba a la pobre muchacha, de quien a medida que transcurrían las horas me sentía más enamorado, fueron los más felices de mi vida.

El señor Trelawny guardó silencio, y al fin, mientras yo me arrepentía de mi rapto de efusión, dijo:


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