La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —A su madre sin duda le habrÃa gustado oÃr estas palabras; ¡habrÃan supuesto una alegrÃa inmensa para ella! —De pronto, su rostro se ensombreció al preguntar—: Pero ¿está usted seguro de eso?
—Conozco mis sentimientos, o al menos eso creo.
—No —replicó él—. No me refiero a usted, sino al afecto de Margaret hacia mÃ. Lleva un año viviendo en esta casa, y sin embargo le ha hablado de su soledad, de su… aflicción. Aunque confieso, con dolor, que era verdad, jamás he advertido, en todo ese tiempo, señal alguna de afecto filial en ella.
—En ese caso, señor —contesté—, he tenido el privilegio de ver más en unos pocos dÃas que usted en toda la vida de su hija.
Mis palabras, al parecer, lo hicieron reaccionar, pues con tono a la vez de sorpresa y satisfacción, dijo:
—No me lo imaginaba. Estaba seguro de que yo le era indiferente, y que asà se vengaba del abandono en que la tuve durante su infancia y adolescencia. Supuse que tenÃa un corazón frÃo…, y no se figura usted lo feliz que me hace el saber que la hija de mi esposa me quiere. —Apoyó la cabeza en la almohada, sumido en los recuerdos del pasado.