La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas ¡Cuánto habÃa amado aquel hombre a su mujer! Sin duda, le impresionaba más el amor de Margaret en cuanto hija de su esposa, que en cuanto hija de él. De pronto, comencé a entenderlo todo. Comencé a entender la pasión oculta en aquellas dos almas silenciosas, reservadas, y que, sin embargo, tanto se amaban. De modo pues que no me extrañó oÃrlo murmurar:
—¡Margaret, hija mÃa! Tierna, leal, valiente y fuerte como su madre… —Hizo una pausa y, al cabo, exclamó—. ¡Cuatro dÃas! ¡El dieciséis! En tal caso, debemos de estar a veinte de julio. —Al ver que yo asentÃa con la cabeza, añadió—: Asà que he permanecido en este estado de trance durante cuatro dÃas… No es la primera vez que me ocurre. Ya en otra ocasión pasé inconsciente tres dÃas enteros, si bien no lo sospeché siquiera hasta que me dijeron el tiempo transcurrido. Otro dÃa le daré a usted más detalles al respecto.
Aquella promesa me hizo estremecer de satisfacción, ya que significaba que el señor Trelawny comenzaba a confiar en mÃ. Mientras tanto, volvió a la realidad y dijo:
—Mejor será que me levante. Cuando entre mi hija, dÃgale que estoy repuesto del todo, pues quiero evitarle cualquier sorpresa. También le pido, por favor, que le transmita al señor Corbeck mi deseo de verlo tan pronto como me sea posible. Además, quiero ver esas lámparas y oÃr cuanto tenga que decirme acerca de ellas.