La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Su actitud con respecto a mà me infundió una alegrÃa inmensa. Y cuando ya me disponÃa a salir de la habitación para cumplir con sus deseos, susurró:
—Señor Ross…
No me gustó nada el que me llamase «señor». Tras enterarse de la amistad que me unÃa a su hija, yo habÃa sido para él, sencillamente, Malcolm Ross. Esta vuelta a la formalidad no sólo me apenaba sino que me llenaba de aprensión. Algo similar, aunque de carácter opuesto, me ocurrÃa con Margaret. Ahora que estaba en peligro de perderla, no podÃa pensar en ella como «señorita Trelawny». Y eso significaba que no estaba dispuesto a perderla, por nada del mundo. Me volvÃ, tenso, hacia el señor Trelawny. Éste, que pareció adivinar mis pensamientos, dijo con tono relajado:
—Siéntese por un minuto. Será mucho mejor que hablemos ahora. Tanto usted como yo somos hombres experimentados. Lo que me ha dicho acerca de mi hija es una novedad para mÃ, y quiero estar seguro del terreno que piso. No estoy haciendo ninguna objeción, pero como padre debo cumplir ciertos deberes, quizá penosos. A juzgar por lo que me ha explicado, supongo que no tendré más remedio que resignarme, e imagino que su intención es pedir la mano de mi hija.