La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Estoy firmemente decidido a ello —contesté—. Después de la conversación que mantuvimos en el rÃo tuve la intención de buscarlo, después de dejar pasar un tiempo prudencial, para comunicarle mis deseos al respecto. Los acontecimientos me han permitido conocer a su hija mucho más rápido de lo que habÃa esperado. Pero mi intención original no decayó; antes bien, se hizo más intensa por momentos.
Me miró fijamente y su expresión pareció suavizarse. Seguramente recordó los sentimientos que habÃa experimentado en su juventud. Tras una pausa, observó con tono de familiaridad:
—Debo suponer, Malcolm Ross, que no ha hecho usted ninguna insinuación a Margaret.
—Por lo menos, no de palabra, señor.
—¿Que no le ha dicho nada? —replicó con tono sarcástico—. Eso es peligroso.
Me mesé los cabellos y expliqué:
—Tenga usted en cuenta que, en vista de la situación, debÃa obrar con mucha prudencia. El respeto hacia su padre asà lo exigÃa. Además, ella estaba demasiado preocupada por su estado de salud, señor. ¡Le doy a usted mi palabra de honor que, hasta el momento, su hija y yo sólo somos amigos!
Una vez más tendió una mano hacia mÃ, que estreché cálidamente, y dijo con toda sinceridad: