La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas —Eso me satisface, Malcolm Ross. Y, desde luego, supongo que hasta que yo esté en condiciones de hablar con mi hija y dé mi consentimiento, no le hará ninguna declaración. —Hizo una pausa y, con expresión grave, añadió—: Sin embargo, el tiempo y los hechos me obligan a actuar con rapidez. He de dedicar mi atención a algunos asuntos tan urgentes y extraños que no me atrevo a perder una hora siquiera. De lo contrario, no habrÃa hablado con un nuevo amigo como usted de la posibilidad de casar a mi hija y de su felicidad futura.
La dignidad y la prudencia con que pronunció aquellas palabras me emocionaron.
—Le prometo que respetaré sus deseos, señor —concluà mientras abrÃa la puerta y me marchaba.
De inmediato fui en busca del señor Corbeck para comunicarle que su amigo ya estaba completamente repuesto, lo cual le alegró hasta el punto de que empezó a bailar como un loco. De repente, sin embargo, se detuvo y me pidió encarecidamente que evitara mencionar el hallazgo de las lámparas o las visitas al sepulcro realizadas por él mismo y el señor Trelawny a menos que éste hablara del asunto.
—Como, sin duda, no tardará en hacer —agregó dirigiéndome una mirada significativa.