La Joya de las siete estrellas
La Joya de las siete estrellas Aunque ignoraba el motivo de aquel comentario, asentí; sabía muy bien que el señor Trelawny era un hombre muy peculiar. En ningún caso mostrarse reticente constituye un error. La reticencia es una virtud que los hombres enérgicos siempre respetan.
La señora Grant recibió la buena nueva emocionada y, echándose a llorar, fue a ver si podía hacer algo para ayudar a su «señor», como solía llamarlo. La enfermera, por el contrario, se mostró desalentada, pues perdía un gran cliente. Pero no tardó en alegrarse de que el señor Trelawny hubiese recobrado la salud y prometió acudir al lado de éste en cuanto así lo solicitasen. Entretanto, se dispuso a hacer la maleta.
Llamé al sargento Daw al estudio, para conversar a solas. A pesar de que era un hombre acostumbrado a controlar sus emociones, se sorprendió al oír la noticia, y, tras reflexionar brevemente, me preguntó:
—¿Y cómo ha explicado el primer ataque? Cuando tuvo lugar el segundo, ya estaba inconsciente.
Hasta ese momento, y desde que estaba en aquella casa, nunca se me había ocurrido pensar en la naturaleza de aquellas agresiones, salvo en las ocasiones en que refería a alguien lo que le había sucedido al señor Trelawny.
—No se me ocurrió preguntárselo —contesté.